jueves, 22 de mayo de 2008

Recordar a Regina

Regina, dos de octubre, mil novecientos sesenta y ocho. El impacto de las cuarenta y cuatro letras que escriben esta frase es contundente; nos abre la memoria.
Regina se escribe con seis letras. “Dos de octubre” tiene doce. El doce es un número que está presente en la vida y en la muerte de esta heroína, según platica el licenciado y maestro en contar los sucesos de la noche de Tlatelolco, desde la óptica sobrenatural o metafísica que practicaron los mexicas o aztecas, Antonio Velazco Piña.
Tuve mi primer encuentro con él hace aproximadamente diez años. Por entonces promovía su libro “Tlacaelel”. Por supuesto conversamos acerca de ésta obra inspirada en el personaje que ejercía especial influencia sobre los tlatoanis, cuya entidad era reconocida como “mujer serpiente”.
Sin embargo, la magia de Regina ejerció como ahora ese poder de atracción que la hace sorprendentemente inspiradora y poética.
Tuve la suerte de haber leído el libro mucho antes de conocer al autor. El texto me pareció diferente a otros que hablan sobre estos hechos que ocurrieron en México en los días previos a las olimpiadas del sesenta y ocho.
Recuerdo con especial dedicatoria dos libros que tal vez no sean tan reconocidos como los de Elena Poniatowska, (La Noche de Tlatelolco) o el que escribieron Julio Scherer y Carlos Monsiváis (Parte de Guerra, Tlatelolco 1968) sin embargo, contienen éstos registros muy nítidos de lo que acontecía en torno a la vida de los capitalinos que tuvieron en distintos grados algún involucramiento con las marchas, represiones, u otros actos relacionados con el llamado movimiento estudiantil.
Uno de ellos se debe al gran escritor que fue Luis Spota: “Retrato hablado”. Novela que nos proyecta mentalmente unas semanas que transcurren en la vida de uno de los líderes del movimiento, junto con las personas que lo rodean en esos momentos de tensión que agitaban a la capital de la República, que en algún sentido eran también una réplica de otros movimientos sociales que tenían lugar en distintas capitales del mundo y que entre sus características se manifestaban algunos conflictos generacionales e ideológicos, como el movimiento hippie o la ola socialista- comunista.
El otro libro al que hago referencia lleva por título “Recuerdos vagos de un aprendiz de brujo”. Lo escribió alguien que trabajaba en el Banrural o tenía alguna relación con esta banca oficial que por fortuna hizo la edición. Escalofriantes relatos en voz de las víctimas aparecen en los diálogos en medio del terror represivo de un gobierno convertido en fiera herida en su orgullo y más que nada, presa de truculencias internacionales que lo hacían actuar como un troglodita (el ogro filantrópico) desesperado por verse progresista, ante la atención mediática que sobre el país provocaron las olimpiadas de 1968.
Ninguno como el de Regina para ayudarnos a comprender sentimentalmente lo que estaba en juego y explicarnos de otra manera la sangre vertida sobre el pavimento de la plaza en aquélla noche inolvidablemente cruenta.
La del cerco mortal donde cayeron los inocentes bajo las balas del ejército mexicano que fue premeditadamente agredido. Una provocación para llevar a cabo la medida más drástica que nos recuerda el sacrificio azteca, donde se manifestaba el orgullo por el poder.
Regina, dos de octubre no se olvida. Sobre él vino a hablar don Antonio, como le dice Paty Ríos, una de sus promotoras y anfitriona en Guadalajara durante los días que pasó el maestro llevando a cabo sus conferencias, además del contacto con la gente que se acercó a escucharlo y conocerlo.
Era mi intensión hacer una entrevista pero salió una plática que, al igual de la de hace una década, me aleccionó porque nuevamente puso mi propia atención sobre nuestras raíces espirituales e identidad. Algo que solamente se experimenta cuando se profundiza en la sensibilidad de nuestros ancestros milenarios, plasmada en la cultura de los que fueron casi destruidos por la ambición metálica de los europeos del siglo XVI.
Aproveché pues la presencia del maestro para despertar mi aletargada consciencia. Me psicoanalicé junto a él gracias a que me dio oportunidad de verter mis utopías y también mis pesadillas entrelazadas con las bajezas de los gobernantes de ahora. Siento que las arrastran junto con el destino de todos o cuando menos de la mayoría.
Con sus ojos y su voz me dijo que México sale adelante. Con una seguridad notable lo reafirmó al darme un ejemplo sólido: “Estamos al lado del país más poderoso económica y bélicamente del planeta y no nos ha engullido totalmente”. Eso es fuerza. Se trata de un poder más allá de la voluntad expansionista y terriblemente agresiva que caracteriza al vecino.
Aún con el control evidente hacia nosotros, les somos imposibles de destruir o asimilar, porque la cultura se defiende desde su raíz. Algo que sería muy discutible para los sociólogos o para quienes hacen estudios culturales. Sin embargo se oye bastante alentador cuando alguien dice que tenemos un destino trazado, que se ha de cumplir independientemente de lo que disputen o planeen las potencias. La nación perdurará erguida por su fuerza interior que ha sobrevivido a peores circunstancias como la misma conquista o las intervenciones extranjeras del siglo XIX.
La espiritualidad de los pueblos se mantiene intacta y gracias a ello vienen los cambios. Así lo manifiesta el estudioso de la historia mexicana en su aspecto metafísico. Está vigente el ánimo de las muchedumbres que resistieron al embate español, según observamos en la multiplicación de grupos que llevan a cabo los rituales, como son las comunidades de danzantes o los baños colectivos en el “temaxcal”, a los cuales la gente se habitúa en número cada vez más significativo.
Regina se ha hecho presente de manera constante en decenas o cientos de mujeres que ponen en armonía su corazón con el de la patria. Esparcen amor entre las antiguas semillas humanas que sobreviven en el tiempo, evitando que la “tradición y costumbre” que les caracteriza cambie o sufra alteraciones o consecuencias transculturales.
Mantienen viva el alma de México, por el don de invocarla y ofrendarle con vehemencia, como lo hacían los antiguos guerreros; como lo hizo Regina en el lugar donde estuviera la piedra de sacrificios del altar mayor de Tlatelolco; al anochecer del dos de octubre de mil novecientos sesenta y ocho.
Por ese sentimiento y reconocimiento sagrado de nuestro origen, estamos frente al futuro con el vigor espiritual que nos heredaron. Nos dejaron además montañas de fuego como guardianes y lagos para el alimento del espíritu y el cuerpo.
De esa dimensión es lo que tenemos, como lo han venido a confirmar con su bendición los monjes tibetanos, quienes hace pocos años visitaron el país. Ellos tocaron, para despertarlos, algunos puntos que regeneran las energías del valle de México y por extensión las del resto de la nación.
Todo porque llegó la hora de abrir los ojos de la consciencia individual y colectiva, de acuerdo a una racionalidad que asocia lo cósmico-geológico, con acontecimientos concretos, que se manifiestan dentro del orden común de las causas humanas.
La gente se reúne, reacciona contra la incongruencia, por convicción, por lealtad, por amor.
Es algo semejante a una corriente alterna de alta tensión cuyo circuito ha permanecido durante siglos y ahora se fortaleció con los cambios en el concierto planetario cercano.
Esto y más le oímos decir a quien la propia Regina convirtió en pieza fundamental del movimiento mexicano. “Ella vivió en nuestra casa”, dice Velazco Piña, “era una adolecente que me señaló para acompañarla en su aventura mística y aquí me encuentro” cuarenta años después.

Mis alumnos no conocen de la obra de este autor: “Regina, dos de octubre no se olvida”. Pregunté en los salones si alguien había leído o escuchado algo acerca del libro. Solamente un estudiante respondió que sí y vagamente habló del personaje central; la muchacha que diseñó en aquél entonces el logotipo o imagen gráfica que se utilizó en las competencias olímpicas. Con este patrón se hicieron los uniformes que utilizaron las jóvenes edecanes, entre quienes se encontraba la propia Regina.
Estoy seguro que todos ellos o la mayoría, me describirían con detalles las características de los integrantes de la familia Simpson. Saben vida y obra de los astros de Holywood, de los ases del rock o los futbolistas que firman autógrafos. Cuestiones de la época, diríamos, sin embargo, en ello se nos ha ido la posibilidad de que alguien transmita con entusiasmo estas antiguas categorías de valores como herencia espiritual a las generaciones que continúan llevando la identidad de mexicanos.
Hablé de este libro en unos momentos de la clase. Les comenté de las pláticas que tuve con el escritor que en alguna ocasión me había hecho el encargo de organizar un acto de desagravio a los Niños Héroes, precisamente en el tiempo en que los tecnócratas del gobierno y otros grupos coaligados pretendían quitarlos de las páginas de la historia. Llevamos a cabo una serie de rituales con los niños de algunas escuelas y seguramente el encargo quedó cumplido porque jamás presencie algo semejante en un homenaje ante los altares de la patria.
Despiertan, estas lecturas y conversaciones, el nacionalismo inflamado en un profundo cariño por México. El verdadero que se vive como un compromiso a seguir luchando por los símbolos que nos dan un espacio y un sentido en el mundo.
Me alegro de la visita de Antonio Velzaco Piña. Es una satisfacción indescriptible corroborar la entrega de él y de miles de mexicanos que defienden el país con la razón de la historia y lo que encierra la sabiduría de nuestros antepasados, constructores de pirámides, guerreros, médicos, agricultores, artistas, astrónomos y matemáticos.
Una nación que mantiene vigente y ama su raíz no sucumbe ante los arrolladores de pueblos.
La consciencia despierta, genera la mejor fortaleza contra los enemigos de la cultura. Por ello, Regina y el dos de octubre, no se olvidan.

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2 comentarios:

Monje Rockero dijo...

Qué tal Carlos, soy Fernando, tengo 17 años, estudio comunicación social y estoy muy interesado en saber todo sobre Regina (acabo de terminar de leer el libro).Si tienes datos adicionales, testimonios, si sabes dónde conseguir una fotografía de la edecán, o cómo contactar al mismo Antonio Velasco, te lo agradecería muchísimo.

Carlos Villa Guzmán dijo...

Hola, con gusto te averiguaré los datos de don Antonio Velazcp