El texto corresponde al prólogo que escribí para un libro sobre la vida del pugil Ulises, Archi, Solís en 2007. Con algunas correcciones y adecuaciones lo comparto en este blog para todos ustedes, queridos lectores. CAV
Una de las profesiones que produce la pobreza es el boxeo. Antes de enfrentarse arriba de un cuadrilátero ante miles de espectadores, los pugilistas profesionales, en su mayoría, han peleado desde su infancia contra toda clase de adversidad que se hace presente cuando el dinero no cubre las necesidades básicas de sus hogares. Los ambientes que les rodean muchas veces son hostiles, incluso llegan a ser desgarradores. Si algo existe en el mundo que pone a prueba toda capacidad del ser humano, eso es, precisamente, nacer y crecer sin patrimonio alguno, ni nada parecido a la fortuna.
En países que adolecen de falta de desarrollo económico, cultural, democrático y hasta político, venir a la existencia en condiciones de pobreza o precariamente, es ir contra la corriente: marcado de origen como un ser inferior. Equivale a permanecer invisible ante otras realidades. Es dedicar la vida desde la infancia al trabajo y arriesgarla a que termine súbitamente. Es ser constantemente sospechoso y en ocasiones inculpado, detenido, humillado, torturado, por la simple cara o la ropa que es distinta a la que llevan los dominantes. Es acostumbrarse a vivir entre fieras desalmadas que acechan e irrumpen para arrebatar lo poco que se conserva, aunque sea un par de tenis rotos. Es mantenerse bajo el acoso de pensamientos que sacuden y martirizan al espíritu, aconsejándole muchas veces que se desvíe para hacerse de algo, un botín, para salvar ese desierto.
De ahí que tantos prefieran escapar a como de lugar y muchas veces la salida no es otra cosa que el mismo infierno.
Millones de jóvenes en el mundo se encuentran en esa condición. No son importantes, ni ellos ni lo que hagan, para los gobiernos o para la sociedad. Esto lo podemos ver simplemente en el estado que guardan las unidades y otros centros deportivos y hasta culturales o educativos de carácter público. Seguramente existen excepciones que merecen todo reconocimiento, sin embargo, prevalece más bien la indiferencia hacia todo lo que tiene que ver con espacios juveniles abiertos. Existen muy pocos y los que se cuentan, son todo menos lugares para la práctica de deportes o que sirvan a cualquier tipo de esparcimiento o recreación que aporte a su desarrollo.
No todos van a las universidades al no tener cabida y de los que ingresan, muy pocos llegan a concluir los estudios. Menos aún son los que finalmente encuentran un trabajo en su profesión.
No tengo a la mano estadísticas que me permitan calcular un promedio sobre la cantidad de jóvenes latinoamericanos que diariamente cruzan la frontera hacia EU. Supongo que deben ser cientos o miles. Huyen, literalmente, de un territorio que no ofrece nada para ellos, a menos que tengan padres o alguien dispuesto a costear su crecimiento, su formación.
Muchas veces encuentran trabajos que solamente ayudan a costear el transporte y algunas cosas elementales. Los he visto ahorrar durante largos períodos para comprar cualquier cosa, si es que logran hacerlo. Se les va todo en apenas sobrevivir.
Los jóvenes que no pertenecen a los minoritarios grupos sociales con ingresos medios o altos, representan un gran sector olvidado. Son la mayor parte de todos los jóvenes que tiene México y seguramente muchos países más. Forman enormes contingentes que son incorporados y en muchos casos alienados, en todo ese orden que en teoría existe como tal y que hemos dado en llamar sociedad. Sin embargo, al mismo tiempo de su integración como “clientes”, “públicos” o “consumidores”, se les expulsa como sujetos sociales y se les abandona a su suerte. Sirven en la medida en que compran o consumen, nada más. La sociedad de consumo les ha incorporado de manera tal que puede encausar, si no todas, la mayoría de las expresiones o ideas que les motivan y enseguida se las vende. Cuando no tienen con qué comprar, generalmente se les estigmatiza; se les etiqueta como vándalos, pandilleros, delincuentes, antisociales, drogadictos, lacras y cualquier adjetivo que pueda emplearse, para denigrar a un prójimo con el que no se está dispuesto a compartir el espacio.
Nadie, absolutamente nadie, hace algo por ellos. De ahí que se enganchen a cualquier cosa, como todo eso que brota a raudales por los medios de comunicación, muchas veces en forma de símbolos que les alejan del compromiso y la necesidad de pensar de otra forma la realidad y de pensarse ellos mismos. Me parece que existe suficiente talento y destaca la racionalidad de nuestra juventud, sin embargo, ésta no se toma en consideración de manera que pudiera ser utilizada por los centros de producción u otros que conforman el tejido social. Es un enorme capital de imaginación y sentimientos benévolos, de gran nobleza, los que perdemos al dejar sólos y sin respuestas a los muchachos. Ellos quisieran estar dentro con un empleo, un oficio o un espacio que se les respete y donde pudieran conseguir que su espíritu despliegue su potencial, libremente.
En lugar de recibir algo que les dignifique, los jóvenes son perseguidos. Las policías de todos los cuerpos por regla general se ensañan en ellos, sobre todo cuando los encuentran indefensos y con pocos o ningún testigo. Los vejan y humillan, como si cobraran una venganza ancestral, primitiva, casi degenerada. Todo ello, por lo regular, con la complacencia e inclusive la directriz, de la propia autoridad oficial o simplemente bajo la orden o capricho de algún particular respaldado en su fortuna e influencias.
La falta de atención a este problema explica en buena parte el aumento de los índices delictivos. Los grupos juveniles delincuenciales que siembran terror con su violencia desmedida, han sido desposeídos, parias que no tuvieron oportunidades. La historia de la mayoría de los que conforman sus filas guarda semejanzas. Vivieron en condiciones precarias y muchas veces infrahumanas. Los arrabales, ciudades perdidas, barrios bajos, fueron y son, el mundo que conocen desde la cuna. La gama de ambientes más que humildes en México es tan variada y tan basta, como su geografía. La gente padece en la costa lo mismo que en laderas de cerros que rodean las metrópolis. Se apiñan los caseríos hechos de todo material barato, frágil. Precarios conglomerados que envuelven la vida de millones de individuos de todo género y edad. Son alrededor del cincuenta o más por ciento de habitantes de todo el país, es decir, unos cincuenta millones de mexicanos. En cada ciudad, pueblo y no se diga en el campo, la pobreza se manifiesta de múltiples maneras. La vemos cobrar forma en infinidad de manos que se extienden para pedir comida o unas monedas, en las calles y esquinas de las zonas citadinas más céntricas. Está postrada en las camas de cientos de hospitales, en albergues, centros de readaptación, clínicas para enfermos mentales. Danza en las sombras de los callejones, se cuela en los tugurios y lupanares y finalmente se acuesta a dormir en los cuerpos que se abandonan en los quicios o en los jardines y bancas de los parques.
Mas no toda la pobreza es vencedora, ni llega a dominar hasta reducirlos a sus empobrecidos. En ocasiones sale despavorida cuando un carácter decidido la persigue y acosa. Hay pobrezas derrotadas que vuelan en eterno destierro porque las expulsaron. Los poseídos por ellas o los que las poseían, se deshicieron de ellas, con tanta decisión que la riqueza se posó en sus cabezas. No hablo precisamente de tesoros materiales, que si bien resuelven muchos de nuestros problemas, dejan otros tantos a merced de nuestra inteligencia. Mis palabras se refieren a la riqueza inagotable y muy superior que nos ofrece la mente y el espíritu, cuando se les ha cultivado adecuadamente. Nada nos hace más dichosos que una conciencia en paz y el logro de nuestras metas, por humildes o imposibles que sean.
El amor de la familia y el afecto de los amigos, constituyen bienes invaluables. Nos hacen efectos como si fuesen bendiciones que nos dan la gloria en nuestra propia casa y por donde caminamos.
Nadie es tan feliz como el pobre cuando lucha por dejar de serlo y lo consigue, sin perder la cabeza. Se vuelve un ser que irradia esperanza y una alegría transparente como un cuarzo puro.
Los que vienen desde atrás y llegan más alto o más lejos, siempre terminan en leyenda inspiradora. Refulgen sus hazañas, como soles que iluminan la monotonía y a veces también la oscura apatía que ronda la anónima existencia de las masas. Son pues indispensables los astros luminosos que se abren camino desde los confines olvidados y opacos, para venir a nuestras vidas a dar su luz. Son ejemplo de amistad que conlleva todo el ánimo y afán de triunfo.
Con esa luz propia, mantenida desde pequeño, nuestro admirable amigo Ulises, el Archi Solís, como le llama el mundo del boxeo, a partir del apodo barrial, se propuso llegar a la cúspide y lo consiguió.
En plena juventud logró conquistar una meta mayúscula; el título de campeón del mundo en la división mini-mosca, su especialidad.
Tuvo que sortear innumerables obstáculos y circunstancias que no siempre le favorecieron, sin embargo, la casta que lleva como un sello de la familia, le dio para sacar triunfos que parecían imposibles.
Él reconoce que no todo se lo debe a ese carácter combativo y tenaz que distingue al campeón. Quiso su destino que aparecieran en su horizonte personas que poseían la grandeza necesaria para enseñar a un discípulo de la categoría del Archi. Ellos fueron determinantes para formar, no solamente un gran deportista que dio más preseas de oro para México, si no que también ayudaron a cultivar a un ser humano que tiene en su haber, entre otras cualidades, un singular aprendizaje sobre un tema indispensable en la cultura de toda persona; la literatura. Al campeón Archie Solís, se le enseñó a apreciar la lectura y se aficionó a ella. “El box no tan sólo es tirar golpes”, le repetía uno de sus grandes maestros. Es un deporte severo, a veces demasiado cruel. Exige algo más que un físico en óptimas condiciones y reflejos de felino. Demanda un espíritu guerrero a toda prueba y también frialdad, aplomo, para enfrentar las derrotas.
Es duro como ningún otro deporte. Siempre aparece la sangre, los hematomas, el sudor y una sensación de que se acalambra el cuerpo. No se trata solamente de golpear, si no evitar ser golpeado. Un descuido, un segundo infortunado puede acabar con la pelea, la carrera o la propia vida.
Desde tiempos inmemorables, los hombres miden sus fuerzas y habilidades de múltiples maneras, siendo el pugilato una disciplina ancestral sumamente atractiva para las multitudes. Se le puede ver como uno de tantos deportes, sin embargo también como un espectáculo que pone nuestra circulación sanguínea a fluir con mayor rapidez, contiene emoción. Es una ventana para asomarse y ver un semillero de héroes y gladiadores que se juegan todo sobre la arena.
También se vincula con la parte oscura y subterránea del mundo de las apuestas y las historias negras del hampa alrededor del boxeo. Se han rodado variados temas de Hollywood inspirados en la vida real de este deporte de pasiones y fortunas. Pistoleros, corredores, apostadores, meretrices, traficantes, soplones y toda una caterva de individuos de la más diversa tipología, han sido asociados al mundo boxístico.
Muy contadas son las cosas que pueden hoy sustraerse a los intereses económicos, a las conocidas leyes del mercado. Ni siquiera los deportes, que han evolucionado al tiempo que han sido en alguna forma cooptados por cifras millonarias. En esencia esto lesiona cualquier deporte o deportista, sobretodo cuando las cosas se salen de control. Se trata de asignaturas pendientes, sin duda. La sociología del deporte nos puede dar seguramente mucho más pistas para entender y apreciar este y otros deportes que practica la gente en el comienzo del siglo veintiuno. Saber más sobre sus efectos en las masas y en particular en los jóvenes. Bourdieu (1930-2002) hizo estudios sobre este tema, inclusive de ahí tomó el concepto de “campo”, en el sentido de cancha, para incorporarlo al lenguaje con el que desarrolló una de sus teorías de análisis social.
La importancia y vigencia de la vieja máxima griega “mente sana en cuerpo sano”, es más palpable y necesaria que durante los tiempos en que se acuñó.
viernes, 27 de noviembre de 2009
lunes, 23 de noviembre de 2009
México ya no resiste más
Andrés Manuel López Obrador es un mexicano inteligente y con principios morales que van más allá de una rectitud incuestionable: también es prudente y su apego a la ley, al orden, puede dar margen a que le ganen los tiempos y el país se acabe de romper. Con esto quiero decir que la desesperación de los millones de desempleados y hambrientos, los enfermos sin medicinas ni seguridad social, se abalancen y busquen por sus propios medios hacerse justicia. A ellos se sumarían los despojados de sus tierras por la artera modificación constitucional (Art. 27) que llevó acabo uno de los que comenzaron el destrozo de México; Carlos Salinas. Individuo políticamente pervertido, que evidentemente no conoce escrúpulos ni principios de ninguna clase y que conformara una camarilla que operó como un clan siniestro, llevándose al país a la ruina. Le siguió Ernesto Zedillo, el beneficiario del crimen de Colosio e igualmente incondicional de la política neoliberal impuesta desde Estados Unidos. Esta es la causa innegable de la catástrofe social y económica que padecemos: El modelo devastador y antidemocrático que enriquece más a los ricos. Implantado en nuestro país gracias a la cobarde y traidora postura de esos presidentes que condenará la historia. Después vino el desgraciado sexenio de Fox, cuya ignorancia estuvo aparejada del complejo que padecen históricamente tantos mexicanos: someterse y hasta sentirse parte de los gringos. No sería su enfermedad tan peligrosa si no dañara tantos destinos, como ha sido el caso de estos sujetos que arrastraron al país hasta rebajarlo al nivel del suelo: en lo económico, en lo moral, lo educativo, en casi todos los órdenes. Somos ejemplo de corrupción y atrasos. Vicente nos exhibió ante el mundo como torpes desparpajados igual que su persona. Pero también como sociedad inmutable ante los abusos del poder que permiten a sus gobernantes hacer fortunas en menos tiempo del que lleva hacer una escuela, un hospital o una biblioteca. Una vez más los mexicanos fuimos el pueblo que acepta ultrajes y saqueos autografiados por sus presidentes y sus familias. Hemos aceptado, inclusive por medio de los votos, que continúe el desastre social, el saqueo, la burla. Cual masoquistas adictos a la desgracia, muchos mexicanos creyeron e increíblemente siguen fieles a tipos como Felipe Calderón, que demuestran ser todo lo contrario a lo que un país requiere para salir adelante, como sucede en otras latitudes.
Por más que les ayuden los nefastos medios de comunicación convertidos en agencias de mentiras y autismo, estos individuos no sirven para nada más que para ser instrumentos de los caza fortunas, de las mafias de toda clase, desde narcos hasta los evasores de impuestos. Vivimos en el extra límite de la resistencia de una nación a punto de estallar, 2012 queda demasiado lejos como para llegar sanos, enteros, unidos y pacíficos. ¿Lo verá así López Obrador?
Por más que les ayuden los nefastos medios de comunicación convertidos en agencias de mentiras y autismo, estos individuos no sirven para nada más que para ser instrumentos de los caza fortunas, de las mafias de toda clase, desde narcos hasta los evasores de impuestos. Vivimos en el extra límite de la resistencia de una nación a punto de estallar, 2012 queda demasiado lejos como para llegar sanos, enteros, unidos y pacíficos. ¿Lo verá así López Obrador?
domingo, 22 de noviembre de 2009
No natos
Los portazos se escuchaban en batería por todo el edificio. Algunos vecinos se apeñuscaron en el departamento de las dos mujeres que vivían solas; unos, por ver qué averiguaban, seguramente para contárselo a quien fuera, otros, simplemente se apresuraron a prestar ayuda, aunque no sabían exactamente de qué se trataba. El llamado de auxilio de la madre, ante los síntomas de la hija, alertó a la gente del condominio. Sólo unos breves instantes duró aquello y la muchacha entró en shok después de arrojar un feto. La asistencia médica tardó minutos que parecieron muy prolongados, pero lograron finalmente salvar su vida. Carla recuperó la conciencia después de cinco días. El problema es que estos casos comenzaron a multiplicarse por toda la ciudad y el número de abortos involuntarios alcanzó cifras que nunca se habían registrado. Las autoridades sanitarias mostraron tener reflejos bastante rápidos y después de cientos de dictámenes, tuvieron la inquietante certeza de que algo insólito tenía lugar en las mujeres preñadas. Los partes médicos, acompañados de extensos protocolos clínicos, pronto llegaron a las máximas autoridades del país, sin embargo, se dictaron órdenes de no participar a la población de lo que ocurría, en tanto no se tuviera la investigación completa, el expediente científico que explicara el fenómeno y sobretodo, mientras no se estuviera en condiciones de garantizar ayuda a quienes veían frustrado el deseo de concebir.
El secreto le duró al Estado cuatro semanas. La noticia desbordó sus contenedores y de inmediato se pusieron en sintonía multitud de emisoras de radio y televisoras que incrementaron la incertidumbre. La prensa investigó, documentó y publicó miles de casos que día a día se extendían a otras regiones.
Cuando el pandemonium tenía cinco semanas de haber aparecido, fue solicitada la ayuda internacional. La desoladora respuesta llegó en unas cuantas horas: la comunidad científica se encontraba conmocionada ante algo sumamente extraño que se manifestaba en distintos puntos del planeta. Los primeros reportes sobre un flagelo intempestivo, llenaban varios miles de páginas en Internet. ¿Qué le sucede al género humano? ¿Por qué ha dejado de concebir nuestra especie? ¿Es el principio de su final? Estas y otras preguntas aparecían en los encabezados de los diarios de todo el mundo.
No había mujer que lograra mantener el estado de preñez más allá de ocho o nueve semanas y se observaba que cada día las expulsiones sucedían más temprano. Fueron aplicados infinidad de métodos en todos los países y nada, absolutamente nada impedía el llanto y la angustia de millones de mujeres de distinta edad y raza.
Ninguna alarma que tuvo la humanidad en su historia sonó tan fuerte. El miedo a la extinción se apoderó de la especie. Los días estaban visiblemente contados. ¿Quién será el último en morir para que no quede nadie?, se preguntaba la gente.
Los más encumbrados genetistas y expertos en reproducción humana, congelados en sus teorías, se desesperaban sin lograr dar un paso orientador. Un poeta se refirió a los árboles, cuando éstos pierden sus frutos y no los vuelven a recuperar. La tierra, ¿o quién?, decidió quedarse sin la que supuestamente había sido su mayor obra, es decir nosotros, los seres superiores. Esta interrogante se escuchaba todos los días en las conversaciones de infinidad de personas.
Las maternidades cerraron y todos los cuneros del mundo fueron quedándose vacíos. Nadie más volvió a nacer desde ese día en que se escucharon tantas voces y gritos, en el edificio desde donde se ven las calles, cada hora más huecas y silentes.
Los niños continuaban su crecimiento de manera normal y en muy pocos años la infancia se perdería tal vez para siempre. Decenas de miles de jardines escolares y guarderías cerraban sus puertas. Las educadoras, despedidas, trataban de acomodarse en grados superiores y buscaban la capacitación para ello. Todos se preparaban para enfrentar una sociedad cabalmente adulta, que envejecía, envejecía, envejecía, sin nadie detrás.
Ya no había una generación atrás empujando y la última se hacía grande en años vividos.
La ciencia, tenaz como siempre, soberbia, no cejaba en realizar experimentos, ni tenía límites para invertir los recursos para salir del agujero negro en que alguien, o algo nos puso a todos.
Ahora se sabía lo que el tigre blanco sintió cuando se dio cuenta que ya no tenía hembras para procrear, convirtiéndose en un solitario perseguido por fragmentos de metal. La naturaleza enseñó, a su manera, a percibir la realidad, como sucedió a los rebaños de búfalos, a los clanes de osos, manadas de ciervos, los grupos de caimanes y miles de criaturas, que se vieron morir entre sí, ante el implacable paso del homo ¿sapiens?.
Llegó la hora en que se tuvo que decir que no somos ningunos reyes de la creación, ni tampoco hijos predilectos de nadie y mucho menos perfectos. Estamos hechos únicamente a imagen y semejanza de los padres, de nosotros mismos y de la naturaleza. En nuestras manos se encuentra ahora lo que somos y el tiempo que nos queda.
Los últimos niños que habían nacido se acercaban rápidamente a la adolescencia: las jugueterías se convirtieron en otra cosa y los juguetes, cada vez más escasos, comenzaron a ser artículos de colección.
Los dulces fueron borrándose de las tiendas y los parques quedaron desiertos. Los pocos infantes que aún no crecían, eran adorados por el resto de la humanidad, pero en cuanto daban señales de desarrollo, disminuía su atractivo. El cambio de voz y la aparición del bello, eran las señales que les incluían al resto de sus congéneres.
Los padres de los niños no tenían que gastar un solo centavo en ellos, todo se les daba por medio del Estado y de millones de altruistas: el vestido, los materiales escolares, los artículos deportivos, juguetes, parques y diversiones, todo era absolutamente gratuito para los niños que aún quedaban en el mundo. Las compañías aéreas ofrecían viajes sin costo para las familias que tuvieran hijos menores de doce años.
Los últimos que habían venido al mundo antes de la hora fatal en que ya no hubo quien naciera, eran atendidos desmedidamente, al margen de su condición social, raza o color de piel. Literalmente los niños llegaron a valer su peso en oro, ya que si no se tenía en el corto plazo una respuesta a la parálisis reproductiva, serían los últimos niños de la Tierra.
Ni siquiera las mujeres catalogadas como potencialmente fértiles, que tenían relaciones sexuales con hombres sanos y viriles, eran capaces de lograr gestaciones más allá de cuatro o cinco semanas.
Fueron experimentadas todas las alternativas que ofrecían las clínicas de fertilidad y reproducción humana, incluso se hicieron experimentos en el espacio, sin mejores resultados. El ser humano, la especie, perdía su lugar en el universo.
Necesariamente la vida tuvo que cambiar, el comportamiento comenzó a hacerse distinto y la sociología, en sus distintas especializaciones, trató de ser la disciplina que coadyuvara en la solución del mayor enigma de la época contemporánea.
Pero el asunto iba mucho más allá de aspectos disciplinarios y científicos, era un tema que desafiaba cualquier terreno cognoscitivo. La ciencia entonces y por primera vez, se vio vencida. Fueron súbitamente frenadas las investigaciones y se suspendieron totalmente los proyectos de laboratorios que buscaban la respuesta.
El estado de ánimo de la gente fluctuaba de acuerdo a su condición: los viejos, en su mayoría parecían indiferentes, sin embargo los matrimonios jóvenes estaban totalmente decaídos y se les adivinaba de qué manera serían felices si tuvieran la posibilidad de concebir aunque fuera un hijo.
Pasó una década y dejaron de ser niños todos los que quedaban en el planeta, ni un solo infante jugaba o gritaba en la calle, en los parques. Cerraron las escuelas primarias y salvo algunos casos, todos los jovencitos fueron pasados a secundaria. Los últimos en nacer ya habían rebasado los doce años.
Todo ser vivo se reproducía igual, excepto el género humano.
Unos estudios recientes, revelaron que las mujeres perdieron paulatinamente la fertilidad, hasta que llegó un momento en que se precipitó el mal, generalizándose, como si se tratara de una epidemia. Las estadísticas no tomaron en cuenta de manera suficiente la tendencia que se hizo notar desde dos décadas atrás. Estaba anunciado que la gente disminuiría su reproductividad, aunque jamás se sospechó que fuera a ser algo demasiado intempestivo, como una atrocidad apocalíptica.
Muchas familias tuvieron que conformarse con uno o dos descendientes y fueron muy afortunadas junto a millones que perdían la esperanza de ser padres alguna vez en su vida.
Hubo quien prometió embarazos muy próximos y se hicieron fortunas explotando el supuesto elíxir que devolvía la fertilidad. Marcas reconocidas estuvieron a punto de perder juicios por supuestos medicamentos que curaban el “mal del no poder tener hijos”.
Conforme a la edad y número de mujeres que entraban en la pubertad, la ciencia se planteaba soluciones que tenían que dar resultados en un plazo no mayor a veinticinco años. Después de este cuarto de siglo, difícilmente se encontrarían mujeres en condiciones de procrear un hijo sano. Entonces tendría lugar el principio de la extinción de la especie científicamente comprobado.
Un poco más de dos décadas para actuar, pareció un plazo bastante holgado para la sabiduría científica, sin embargo, los hombres y mujeres de ciencia estaban preocupados como nunca antes lo había estado alguien que se supone debe tener las respuestas a la mano.
La única solución aparente era la reproducción “in vitro” y se comenzaron a construir laboratorios complejos que sirvieron para continuar la especie de manera artificial. Sin embargo, quienes elaboraron los primeros experimentos no imaginaron que las criaturas no vivirían más allá de tres semanas después de su “alumbramiento”: algo sucedió también con estos procedimientos reproductores y no pudieron funcionar. Se alejaban las posibilidades de trascender la reproducción humana a como diera lugar y por primera vez en su historia la humanidad se unió para una sola causa: continuar en el planeta.
Quienes habían sido los últimos en nacer llegaban ya al límite de su edad reproductiva y no aparecían señales de encontrar la solución. Las cada día, menos mujeres teóricamente fértiles, cuidaban sus efímeros embarazos vigiladas por contingentes enteros de especialistas que luchaban frenéticamente por continuar la gestación. Siempre perdieron la batalla los ejércitos de personas que invirtieron su vida en buscar alternativas y que, agotadas, se fueron dando por vencidas
La falta de niños en la humanidad tuvo un efecto que podía percibirse como si de pronto fuéramos mucho menos y de hecho así sucedía: la gente moría, pero nadie la suplía. Uno podía pararse en cualquier sitio de una ciudad y observar que la gente iba más lento y casi nadie llevaba compañía Qué extraño comenzó a ser todo: una lenta despedida donde los más jóvenes decían adiós desde un tren que tenía millones de años de recorrer el universo.
Nos vamos para siempre, se decía muchas veces en múltiples idiomas. Antes del final, que será aproximadamente dentro de cincuenta años, debemos dejar el mundo en condiciones que pueda hacer surgir, o recibir de nuevo, una especie como la nuestra. Este enunciado apareció traducido a todas las lenguas y de inmediato comenzaron a abandonarse las tareas que tuvieran que ver con el daño a la ecología. Ya no fue necesaria tanta productividad. En muchos lugares, ya nadie estaba para mover millares de fábricas, ni para obtener frutos de la tierra o el mar. Cada quien se procuraba lo necesario para vivir. La población global, en cuatro décadas, descendió en setenta por ciento. Las ciudades, en gran parte deshabitadas, se volvían fantasmales El dinero perdió totalmente su valor, al igual que todo lo demás: comer, vestir y quitarse el frío o el calor, era todo lo que tenían que hacer los cerca de cuatrocientos millones de seres humanos que aún poblaban la tierra.
Nadie cobraba ni un centavo por trabajar, puesto que todo se hacía solamente para satisfacer lo necesario y ninguna persona tenía lo que no le era posible consumir o mantener. Todo quedó a mereced de quien le viera alguna utilidad o beneficio y la verdad es que muy pocas cosas tuvieron esta cualidad.
Contra toda la resignación que se había alcanzado, un grupo de científicos llegaron a la conclusión de que todavía se tenía alguna posibilidad entre unas diez mil mujeres que tal vez estaban en condiciones de embarazarse y cumplir con los nueve meses de gestación, de acuerdo a los más recientes informes que se concentraban en un laboratorio especial de genoma humano.
Estas mujeres, teóricamente debían pertenecer a etnias cuya mezcla se hubiera mantenido al margen de otras razas, es decir, con un alto grado de pureza tal que les permitiría, por la diferencia de cromosomas, hacer el intento de implantar uterinamente un embrión con ADN perteneciente a un individuo de antecedentes híbridos en su sangre.
El cálculo sobre la cifra de mujeres susceptibles de salvar a la raza humana, no era tan exacto, ya que en pleno siglo XXI, una gran cantidad de comunidades permanecía en total distanciamiento del resto de la civilización.
Quienes tenían a su cargo el manejo de las estadísticas, concebían ideas aproximadas sobre la ubicación de las posibles madres en los distintos países donde se consideraba que estuvieran, de manera que fueron en su búsqueda los que no descansaban en la lucha tenaz por sobrevivir como género.
Era preciso tratar de localizar mujeres de aproximadamente cuarenta y tres años, capaces de procrear y eso no era una empresa fácil en las circunstancias en las que se hallaban quienes temían por un desenlace previsto.
Las ideas científicas, por eso puedo contarlo, estaban cerca de la razón, aunque les faltó el elemento sustancial. Quienes tuvieron la iluminación para llevar a cabo el gran paso y salvar al hombre, no fueron los genetistas occidentales, ni tampoco los expertos orientales. La idea le vino a un anciano, viejo curandero de una tribu americana, que veía con demasiada tristeza la inminente extinción del clan. El indio tomó una mujer madura y la casó en una ceremonia que duró tres días con sus noches. Cuando la pareja se retiró a su pequeña choza de adobe y madera, el más viejo y sabio del pueblo y por tanto el jefe, se recostó junto a la fogata para leer las constelaciones.
A las pocas horas de adentrarse con la mente y con su mirada en la profundidad del cielo estrellado, entendió porqué ya no nacía la gente.
Pidió, con humildad y fervor, descendencia para la pareja que se acariciaba en el lecho y, junto con ello, solicitó el perdón de los dioses que se alejaban de nosotros hacia el infinito.
La aldea donde tuvo lugar el único parto en casi medio siglo, está en el norte de Jalisco y la esconden del mundo cientos de montañas y abismos. Pertenece al cosmos wirrárika y su gente se dirige a todo lo que le rodea por medio del color, Ahí nació una niña que cuando creció pudo ser madre y vio jugar a sus hijos en las colinas y arroyos donde el viento los esparció por el mundo para que naciéramos nosotros y se conociera esta historia. En otras comunidades del mundo, donde se mantuvo la sangre en estado de pureza, gracias a la lucha de los individuos por sobrevivir a través de los siglos, entre esa gente humilde y genéticamente acosada, se repitió el mismo fenómeno, sólo ellos fueron los elegidos para continuar.
Después de cien años de los acontecimientos que describen estas páginas, los niños han vuelto a ser los verdaderos reyes de la creación.
También es necesario decir que esos mismos niños aman el mundo al igual que el mundo les ama a ellos.
El secreto le duró al Estado cuatro semanas. La noticia desbordó sus contenedores y de inmediato se pusieron en sintonía multitud de emisoras de radio y televisoras que incrementaron la incertidumbre. La prensa investigó, documentó y publicó miles de casos que día a día se extendían a otras regiones.
Cuando el pandemonium tenía cinco semanas de haber aparecido, fue solicitada la ayuda internacional. La desoladora respuesta llegó en unas cuantas horas: la comunidad científica se encontraba conmocionada ante algo sumamente extraño que se manifestaba en distintos puntos del planeta. Los primeros reportes sobre un flagelo intempestivo, llenaban varios miles de páginas en Internet. ¿Qué le sucede al género humano? ¿Por qué ha dejado de concebir nuestra especie? ¿Es el principio de su final? Estas y otras preguntas aparecían en los encabezados de los diarios de todo el mundo.
No había mujer que lograra mantener el estado de preñez más allá de ocho o nueve semanas y se observaba que cada día las expulsiones sucedían más temprano. Fueron aplicados infinidad de métodos en todos los países y nada, absolutamente nada impedía el llanto y la angustia de millones de mujeres de distinta edad y raza.
Ninguna alarma que tuvo la humanidad en su historia sonó tan fuerte. El miedo a la extinción se apoderó de la especie. Los días estaban visiblemente contados. ¿Quién será el último en morir para que no quede nadie?, se preguntaba la gente.
Los más encumbrados genetistas y expertos en reproducción humana, congelados en sus teorías, se desesperaban sin lograr dar un paso orientador. Un poeta se refirió a los árboles, cuando éstos pierden sus frutos y no los vuelven a recuperar. La tierra, ¿o quién?, decidió quedarse sin la que supuestamente había sido su mayor obra, es decir nosotros, los seres superiores. Esta interrogante se escuchaba todos los días en las conversaciones de infinidad de personas.
Las maternidades cerraron y todos los cuneros del mundo fueron quedándose vacíos. Nadie más volvió a nacer desde ese día en que se escucharon tantas voces y gritos, en el edificio desde donde se ven las calles, cada hora más huecas y silentes.
Los niños continuaban su crecimiento de manera normal y en muy pocos años la infancia se perdería tal vez para siempre. Decenas de miles de jardines escolares y guarderías cerraban sus puertas. Las educadoras, despedidas, trataban de acomodarse en grados superiores y buscaban la capacitación para ello. Todos se preparaban para enfrentar una sociedad cabalmente adulta, que envejecía, envejecía, envejecía, sin nadie detrás.
Ya no había una generación atrás empujando y la última se hacía grande en años vividos.
La ciencia, tenaz como siempre, soberbia, no cejaba en realizar experimentos, ni tenía límites para invertir los recursos para salir del agujero negro en que alguien, o algo nos puso a todos.
Ahora se sabía lo que el tigre blanco sintió cuando se dio cuenta que ya no tenía hembras para procrear, convirtiéndose en un solitario perseguido por fragmentos de metal. La naturaleza enseñó, a su manera, a percibir la realidad, como sucedió a los rebaños de búfalos, a los clanes de osos, manadas de ciervos, los grupos de caimanes y miles de criaturas, que se vieron morir entre sí, ante el implacable paso del homo ¿sapiens?.
Llegó la hora en que se tuvo que decir que no somos ningunos reyes de la creación, ni tampoco hijos predilectos de nadie y mucho menos perfectos. Estamos hechos únicamente a imagen y semejanza de los padres, de nosotros mismos y de la naturaleza. En nuestras manos se encuentra ahora lo que somos y el tiempo que nos queda.
Los últimos niños que habían nacido se acercaban rápidamente a la adolescencia: las jugueterías se convirtieron en otra cosa y los juguetes, cada vez más escasos, comenzaron a ser artículos de colección.
Los dulces fueron borrándose de las tiendas y los parques quedaron desiertos. Los pocos infantes que aún no crecían, eran adorados por el resto de la humanidad, pero en cuanto daban señales de desarrollo, disminuía su atractivo. El cambio de voz y la aparición del bello, eran las señales que les incluían al resto de sus congéneres.
Los padres de los niños no tenían que gastar un solo centavo en ellos, todo se les daba por medio del Estado y de millones de altruistas: el vestido, los materiales escolares, los artículos deportivos, juguetes, parques y diversiones, todo era absolutamente gratuito para los niños que aún quedaban en el mundo. Las compañías aéreas ofrecían viajes sin costo para las familias que tuvieran hijos menores de doce años.
Los últimos que habían venido al mundo antes de la hora fatal en que ya no hubo quien naciera, eran atendidos desmedidamente, al margen de su condición social, raza o color de piel. Literalmente los niños llegaron a valer su peso en oro, ya que si no se tenía en el corto plazo una respuesta a la parálisis reproductiva, serían los últimos niños de la Tierra.
Ni siquiera las mujeres catalogadas como potencialmente fértiles, que tenían relaciones sexuales con hombres sanos y viriles, eran capaces de lograr gestaciones más allá de cuatro o cinco semanas.
Fueron experimentadas todas las alternativas que ofrecían las clínicas de fertilidad y reproducción humana, incluso se hicieron experimentos en el espacio, sin mejores resultados. El ser humano, la especie, perdía su lugar en el universo.
Necesariamente la vida tuvo que cambiar, el comportamiento comenzó a hacerse distinto y la sociología, en sus distintas especializaciones, trató de ser la disciplina que coadyuvara en la solución del mayor enigma de la época contemporánea.
Pero el asunto iba mucho más allá de aspectos disciplinarios y científicos, era un tema que desafiaba cualquier terreno cognoscitivo. La ciencia entonces y por primera vez, se vio vencida. Fueron súbitamente frenadas las investigaciones y se suspendieron totalmente los proyectos de laboratorios que buscaban la respuesta.
El estado de ánimo de la gente fluctuaba de acuerdo a su condición: los viejos, en su mayoría parecían indiferentes, sin embargo los matrimonios jóvenes estaban totalmente decaídos y se les adivinaba de qué manera serían felices si tuvieran la posibilidad de concebir aunque fuera un hijo.
Pasó una década y dejaron de ser niños todos los que quedaban en el planeta, ni un solo infante jugaba o gritaba en la calle, en los parques. Cerraron las escuelas primarias y salvo algunos casos, todos los jovencitos fueron pasados a secundaria. Los últimos en nacer ya habían rebasado los doce años.
Todo ser vivo se reproducía igual, excepto el género humano.
Unos estudios recientes, revelaron que las mujeres perdieron paulatinamente la fertilidad, hasta que llegó un momento en que se precipitó el mal, generalizándose, como si se tratara de una epidemia. Las estadísticas no tomaron en cuenta de manera suficiente la tendencia que se hizo notar desde dos décadas atrás. Estaba anunciado que la gente disminuiría su reproductividad, aunque jamás se sospechó que fuera a ser algo demasiado intempestivo, como una atrocidad apocalíptica.
Muchas familias tuvieron que conformarse con uno o dos descendientes y fueron muy afortunadas junto a millones que perdían la esperanza de ser padres alguna vez en su vida.
Hubo quien prometió embarazos muy próximos y se hicieron fortunas explotando el supuesto elíxir que devolvía la fertilidad. Marcas reconocidas estuvieron a punto de perder juicios por supuestos medicamentos que curaban el “mal del no poder tener hijos”.
Conforme a la edad y número de mujeres que entraban en la pubertad, la ciencia se planteaba soluciones que tenían que dar resultados en un plazo no mayor a veinticinco años. Después de este cuarto de siglo, difícilmente se encontrarían mujeres en condiciones de procrear un hijo sano. Entonces tendría lugar el principio de la extinción de la especie científicamente comprobado.
Un poco más de dos décadas para actuar, pareció un plazo bastante holgado para la sabiduría científica, sin embargo, los hombres y mujeres de ciencia estaban preocupados como nunca antes lo había estado alguien que se supone debe tener las respuestas a la mano.
La única solución aparente era la reproducción “in vitro” y se comenzaron a construir laboratorios complejos que sirvieron para continuar la especie de manera artificial. Sin embargo, quienes elaboraron los primeros experimentos no imaginaron que las criaturas no vivirían más allá de tres semanas después de su “alumbramiento”: algo sucedió también con estos procedimientos reproductores y no pudieron funcionar. Se alejaban las posibilidades de trascender la reproducción humana a como diera lugar y por primera vez en su historia la humanidad se unió para una sola causa: continuar en el planeta.
Quienes habían sido los últimos en nacer llegaban ya al límite de su edad reproductiva y no aparecían señales de encontrar la solución. Las cada día, menos mujeres teóricamente fértiles, cuidaban sus efímeros embarazos vigiladas por contingentes enteros de especialistas que luchaban frenéticamente por continuar la gestación. Siempre perdieron la batalla los ejércitos de personas que invirtieron su vida en buscar alternativas y que, agotadas, se fueron dando por vencidas
La falta de niños en la humanidad tuvo un efecto que podía percibirse como si de pronto fuéramos mucho menos y de hecho así sucedía: la gente moría, pero nadie la suplía. Uno podía pararse en cualquier sitio de una ciudad y observar que la gente iba más lento y casi nadie llevaba compañía Qué extraño comenzó a ser todo: una lenta despedida donde los más jóvenes decían adiós desde un tren que tenía millones de años de recorrer el universo.
Nos vamos para siempre, se decía muchas veces en múltiples idiomas. Antes del final, que será aproximadamente dentro de cincuenta años, debemos dejar el mundo en condiciones que pueda hacer surgir, o recibir de nuevo, una especie como la nuestra. Este enunciado apareció traducido a todas las lenguas y de inmediato comenzaron a abandonarse las tareas que tuvieran que ver con el daño a la ecología. Ya no fue necesaria tanta productividad. En muchos lugares, ya nadie estaba para mover millares de fábricas, ni para obtener frutos de la tierra o el mar. Cada quien se procuraba lo necesario para vivir. La población global, en cuatro décadas, descendió en setenta por ciento. Las ciudades, en gran parte deshabitadas, se volvían fantasmales El dinero perdió totalmente su valor, al igual que todo lo demás: comer, vestir y quitarse el frío o el calor, era todo lo que tenían que hacer los cerca de cuatrocientos millones de seres humanos que aún poblaban la tierra.
Nadie cobraba ni un centavo por trabajar, puesto que todo se hacía solamente para satisfacer lo necesario y ninguna persona tenía lo que no le era posible consumir o mantener. Todo quedó a mereced de quien le viera alguna utilidad o beneficio y la verdad es que muy pocas cosas tuvieron esta cualidad.
Contra toda la resignación que se había alcanzado, un grupo de científicos llegaron a la conclusión de que todavía se tenía alguna posibilidad entre unas diez mil mujeres que tal vez estaban en condiciones de embarazarse y cumplir con los nueve meses de gestación, de acuerdo a los más recientes informes que se concentraban en un laboratorio especial de genoma humano.
Estas mujeres, teóricamente debían pertenecer a etnias cuya mezcla se hubiera mantenido al margen de otras razas, es decir, con un alto grado de pureza tal que les permitiría, por la diferencia de cromosomas, hacer el intento de implantar uterinamente un embrión con ADN perteneciente a un individuo de antecedentes híbridos en su sangre.
El cálculo sobre la cifra de mujeres susceptibles de salvar a la raza humana, no era tan exacto, ya que en pleno siglo XXI, una gran cantidad de comunidades permanecía en total distanciamiento del resto de la civilización.
Quienes tenían a su cargo el manejo de las estadísticas, concebían ideas aproximadas sobre la ubicación de las posibles madres en los distintos países donde se consideraba que estuvieran, de manera que fueron en su búsqueda los que no descansaban en la lucha tenaz por sobrevivir como género.
Era preciso tratar de localizar mujeres de aproximadamente cuarenta y tres años, capaces de procrear y eso no era una empresa fácil en las circunstancias en las que se hallaban quienes temían por un desenlace previsto.
Las ideas científicas, por eso puedo contarlo, estaban cerca de la razón, aunque les faltó el elemento sustancial. Quienes tuvieron la iluminación para llevar a cabo el gran paso y salvar al hombre, no fueron los genetistas occidentales, ni tampoco los expertos orientales. La idea le vino a un anciano, viejo curandero de una tribu americana, que veía con demasiada tristeza la inminente extinción del clan. El indio tomó una mujer madura y la casó en una ceremonia que duró tres días con sus noches. Cuando la pareja se retiró a su pequeña choza de adobe y madera, el más viejo y sabio del pueblo y por tanto el jefe, se recostó junto a la fogata para leer las constelaciones.
A las pocas horas de adentrarse con la mente y con su mirada en la profundidad del cielo estrellado, entendió porqué ya no nacía la gente.
Pidió, con humildad y fervor, descendencia para la pareja que se acariciaba en el lecho y, junto con ello, solicitó el perdón de los dioses que se alejaban de nosotros hacia el infinito.
La aldea donde tuvo lugar el único parto en casi medio siglo, está en el norte de Jalisco y la esconden del mundo cientos de montañas y abismos. Pertenece al cosmos wirrárika y su gente se dirige a todo lo que le rodea por medio del color, Ahí nació una niña que cuando creció pudo ser madre y vio jugar a sus hijos en las colinas y arroyos donde el viento los esparció por el mundo para que naciéramos nosotros y se conociera esta historia. En otras comunidades del mundo, donde se mantuvo la sangre en estado de pureza, gracias a la lucha de los individuos por sobrevivir a través de los siglos, entre esa gente humilde y genéticamente acosada, se repitió el mismo fenómeno, sólo ellos fueron los elegidos para continuar.
Después de cien años de los acontecimientos que describen estas páginas, los niños han vuelto a ser los verdaderos reyes de la creación.
También es necesario decir que esos mismos niños aman el mundo al igual que el mundo les ama a ellos.
El síntoma
El hombre se acomodó el saco y entregó un recado a la secretaria: “Diga a la señorita que me entrevistó que si no obtengo el empleo hoy mismo, me voy a tener que matar”
Las cuatro o cinco tazas de café bebidas en un par de horas, le aceleraron el pulso. Su andar era incierto. Las siete de la noche se notaban en el cielo amarillento y en la cantidad de autos apeñuscados en las calles. En espera del trolebús fumó el último cigarro de la cajetilla. En una tarde dejó tres solicitudes y fue entrevistado una sola vez.
Encontró la casa en silencio, se dirigió hacia la hornilla de la estufa. Con la ayuda de un poco de luz lunar que entraba, preparó café. Sorbió el líquido casi hirviente.
En el cuarto a oscuras la mujer dormía con los niños. Se acomodó en el sofá escudriñando la penumbra.
Antes del amanecer salió. Caminó de nuevo hasta la otra orilla y cuando sintió hambre y cansancio, volvió a donde la familia pasó el día con los últimos diez pesos.
Quedaba poco que vender o empeñar. Dormían sobre un colchón y había que entregar el ropero al vecino.
Una vez más, con el estómago vacío, se fue a la ciudad, a recorrer fábricas, almacenes, oficinas de gobierno. Visitó repetidas veces algunos sitios solamente para escuchar que no tenían puestos vacantes.
Al regresar, encontró al administrador de rentas dialogando con su esposa que tenía al pequeño en los brazos. Se le han juntado varios recibos y el dueño me exige su dinero. Tendré que meter otros inquilinos. Por favor le ruego que busque un lugar. Le doy el mes corriente de gracia.
Mi esposo no encuentra empleo, pero yo buscaré dónde acomodarme a trabajar. Para mí es más fácil en alguna casa o donde sea. Eso creo, porque ya lo hice antes y no se me dificultó. Ténganos un poco de paciencia. Nos pondremos al corriente, ya verá.
Los de la Comisión desconectaron otra vez la luz, se terminó el gas. El monedero completamente vacío, la cuenta en la tienda hasta el tope.
Se bañó con agua fría y salió con una idea fija. Sin dinero para el autobús tuvo que ir a pie. Entró al primer edificio que tenía abiertas sus puertas. Revisó la entrada a las oficinas, se dirigió hacia la más concurrida. Encontró una recepcionista que escuchó su desesperada petición. Siéntese, lo van a entrevistar en recursos humanos. Llenó formularios, escuchó a los tres entrevistadores, fue y regresó con papeles, hizo cita con el médico de la empresa y al final le pidieron esperar.
Esperó un mes y por eso volvió con el recado en la mano y lo entregó.
La chica lo remitió a la oficina de personal y la jefa se alarmó. Localicen a ese hombre, denle algo. Busquemos un puesto en el área de mantenimiento, o donde sea.
Mandaron un mensajero, pero la casa estaba vacía.
Las cuatro o cinco tazas de café bebidas en un par de horas, le aceleraron el pulso. Su andar era incierto. Las siete de la noche se notaban en el cielo amarillento y en la cantidad de autos apeñuscados en las calles. En espera del trolebús fumó el último cigarro de la cajetilla. En una tarde dejó tres solicitudes y fue entrevistado una sola vez.
Encontró la casa en silencio, se dirigió hacia la hornilla de la estufa. Con la ayuda de un poco de luz lunar que entraba, preparó café. Sorbió el líquido casi hirviente.
En el cuarto a oscuras la mujer dormía con los niños. Se acomodó en el sofá escudriñando la penumbra.
Antes del amanecer salió. Caminó de nuevo hasta la otra orilla y cuando sintió hambre y cansancio, volvió a donde la familia pasó el día con los últimos diez pesos.
Quedaba poco que vender o empeñar. Dormían sobre un colchón y había que entregar el ropero al vecino.
Una vez más, con el estómago vacío, se fue a la ciudad, a recorrer fábricas, almacenes, oficinas de gobierno. Visitó repetidas veces algunos sitios solamente para escuchar que no tenían puestos vacantes.
Al regresar, encontró al administrador de rentas dialogando con su esposa que tenía al pequeño en los brazos. Se le han juntado varios recibos y el dueño me exige su dinero. Tendré que meter otros inquilinos. Por favor le ruego que busque un lugar. Le doy el mes corriente de gracia.
Mi esposo no encuentra empleo, pero yo buscaré dónde acomodarme a trabajar. Para mí es más fácil en alguna casa o donde sea. Eso creo, porque ya lo hice antes y no se me dificultó. Ténganos un poco de paciencia. Nos pondremos al corriente, ya verá.
Los de la Comisión desconectaron otra vez la luz, se terminó el gas. El monedero completamente vacío, la cuenta en la tienda hasta el tope.
Se bañó con agua fría y salió con una idea fija. Sin dinero para el autobús tuvo que ir a pie. Entró al primer edificio que tenía abiertas sus puertas. Revisó la entrada a las oficinas, se dirigió hacia la más concurrida. Encontró una recepcionista que escuchó su desesperada petición. Siéntese, lo van a entrevistar en recursos humanos. Llenó formularios, escuchó a los tres entrevistadores, fue y regresó con papeles, hizo cita con el médico de la empresa y al final le pidieron esperar.
Esperó un mes y por eso volvió con el recado en la mano y lo entregó.
La chica lo remitió a la oficina de personal y la jefa se alarmó. Localicen a ese hombre, denle algo. Busquemos un puesto en el área de mantenimiento, o donde sea.
Mandaron un mensajero, pero la casa estaba vacía.
Cuéntele
Cuéntele, cuéntele, ingeniero, aquí le dejo dos sobres más, con setenta mil pesos cada uno. El regidor ecologista ya se conformó con lo que le di en la mañana, me firmó un papel y con eso lo tenemos agarrado. El que me preocupa es el síndico, no quiso aceptar ni un centavo. Le salió lo honrado, no se de dónde, si ya sabemos de qué parte agarró lana pa’ hacer su casa de dos pisos y la que construyó para la suegra en las afueras.
A los del periódico ese que nomás se la pasa tirando chingadazos, también les invité su cena y después se quisieron ir con las chamacas del bule que está ahí junto a la vía. La cuenta subió como a tres mil pesos, pero ya no van a molestarnos, ingeniero.
Ahora que usted ya no asiste a la oficina, por lo del nombramiento nuevo que le acaban de dar, me fui hasta su escritorio y me traje el sello y los oficios. Si quiere desde mi casa podemos seguir con el trámite de los permisos para los fraccionadores. Esos dejan más dinero que ni los dueños de los potreros, que son, ya ve usted, bien ladinos los canijos. Nos quedan como tres meses para seguir repartiéndonos dinero, mientras entregan la administración y toma posesión el nuevo gobierno ¿qué le parece?
¿Qué por qué me escondí unos días? Lo que sucede es que me mandó llamar el presidente, con su compadre Ezequiel.
Me presenté con él, preguntó por usted y por unos papeles que le había encargado. Le contesté que no lo veía desde las fiestas y de los asuntos de ustedes yo no me enteraba. Como que no me creía el viejo porque se quedó callado y luego me despachó diciendo: ya vete pues, no vaya a pensar aquél que te estás dando a la fuga.
Por eso me fui unas semanas a mi rancho, para que se calmara la cosa. Al cabo que si la gente quiere hacer negocio, me busca donde sea. Allá también se realizan buenas movidas, ingeniero, con los avigeos. Si viera usted cuánto ganado se roban y nos lo ofrecen en el potrero. Si uno se arregla con ellos, le llevan los animales en canal hasta donde les ordene. Tienen su rastro escondido en el monte. Trasladan las reses en camiones cerrados y ni quien les diga nada.
Lo mismo sucede con los bosques, ingeniero; ese es negocio como ninguno. Conozco a unos acerradores que le bajan lo que quiera, por mil quinientos pesos el viaje, más lo que cuesta la madera en pie. Ellos mismos le consiguen las guías y las trocas.
Me han ofrecido otra clase de negocios que dejan mucho más, pero yo no le entro a eso. No tengo necesidad de arriesgarme a una metida al bote, o que me den de plomazos. Para qué le buscamos, me gusta más mi trabajo que es hasta cierto punto decente, porque a nadie se le quita nada, ni al pueblo.
Quienes ofrecen dinero, lo hacen para poder trabajar, si no ¿cómo habría tanto progreso? A ver, dígame cómo, ingeniero.
El gobierno pone las reglas difíciles para que la gente se moleste con tanto trámite y batalle más para salir adelante. Hasta un permiso para un puesto de tacos, cuesta varias vueltas y mentadas de madre. ¿Usted cree que eso no le agote la paciencia hasta a los curas? Por eso hemos hecho un buen equipo, porque no somos como esos burócratas que para todo ponen trabas y no dan una. En cambio, nosotros somos prácticos y arreglamos las cosas como debe ser: nos dirigimos con los jefes, untándoles billetes hasta que se les pelen las manos. A ver qué permiso nos niegan, ¡carajos estos!
Qué bueno que lo ascendieron, ingeniero, y me da gusto que ganó otra vez su partido, la gente está conforme con el cambio. Además, si uno la lleva tranquilo, bajita la mano, no hay por qué andar a las escondidas, no le digo.
Si usted hace bien su papel en la secretaría, seguramente le van a caer muy buenos centavos, ya verá, déjeme pensar en algo que se pueda hacer en estos meses que faltan. Tengo un compadre en Hacienda y él está mucho más enterado que yo en estas cuestiones, con decirle que lleva tres sexenios allí y cada año le va mejor.
¿Me dijo usted que su nuevo nombramiento tiene que ver con medio ambiente y ecología? Seguramente muchos andan mal con eso, ya ve usted cuánta fábrica sin permisos. Ahí sí que vamos a ganar muy buenos billetes, pero tenemos que convencer al delegado que eleve las multas para que se acalambren los empresarios, si no cómo van a aflojar. A veces se mochan más arriba y ya no alcanzamos los que estamos comenzando, ni nos reciben los mendigos ricos estos.
Tengo una idea, voy a buscar a un amigo que está muy bien relacionado con un grupo de periodistas que se emborrachan en su casa cada semana. Hay que convencerlos de que hagan ruido diciendo que la nueva administración aplicará mano dura contra toda industria, o taller, que contamine el ambiente ¿qué tal? Dejamos correr la bola y después comenzamos a visitarlos uno por uno. Aquí hay varias empresas que van a ser fáciles de ordeñar, porque ni drenaje tienen, todo lo riegan al campo.
Qué suerte que ganamos las elecciones, si no, quién sabe. Me quiero construir una casa y otra para mi hija, antes de que se vaya con el novio. Además tengo otros compromisos que no he podido resolver, por más que hago enjuagues.
Los ranchos están perdiendo porque nadie compra bien lo que sembramos, así que no me queda más que seguir pegado a las ubres de la presidencia y lo que deja por ahí el Gobierno del Estado y el Federal.
Por eso no me separo de su lado, ingeniero,¿usted cree? me las vería difíciles, si no se hacer otra cosa que manejar trámites y cobrarlos bien.
No me diga que el puesto es en otro estado. No puedo creerlo, ingeniero, ¿cómo que se nos va?
Y quién le arrimará los buenos negocios donde se encuentre, ingeniero, si para eso se necesita gente de confianza. ¿Qué vamos a hacer si se aleja de aquí?
Va a ser muy difícil hallar con quien trabajar, con esa cualidad ¿cómo le diré? es porque usted tiene un aire de gente íntegra, honrada. No se vaya a ofender, pero quien lo ve, piensa que está tratando con un funcionario intachable y no con un empresario que no deja ir una, usted me entiende, ¿verdad?
Es que así debe ser su apariencia, para que le ofrezcan toda la confianza. Los grandes políticos se han distinguido por eso.
Bueno, ingeniero, ¿ya acabó de contar? ¿ que no es suficiente? Le doy mi palabra: dividimos en tres partes iguales, después de darle algo a la gente que nos ayudó. ¿Cómo? ¿No me lo cree? Por favor, ingeniero, pregunte a los muchachos, todos estaban presentes cuando nos entregaron la caja con los sobres.
¿Más cajas? ¿Duda acaso de lo que estoy diciendo? Mire, le voy a decir una cosa; cuando hablo de frente, dejo el dinero a un lado. Si no me cree, entonces para qué seguimos en esto: usted me acusa de algo que no puede probarme, en cambio yo si puedo demostrar que la carretera nueva la hizo la constructora que tiene a nombre de su primo. Además sus cuñados se quedaron con los terrenos que atravesó ese camino, después de expropiarlos a los ejidos. Eso sí es verdad y no lo que me trata usted de insinuar, ingeniero. Eso lo sabe medio mundo aquí en Las Llanuras y se sabe también que su esposa le prestó el nombre al obispo para que hiciera el fraccionamiento para la gente rica de por estos rumbos. Y usted me señala por menos de cien mil pesos que según eso le faltan a la cuenta. Ahora que, si no le parece suficiente lo que le traigo, pues muy fácil, ingeniero, se lo cambio por unos cuantos plomos ¿cómo la ve? ¿verdad que se siente feo que lo apunten a uno? Usted me acusó con el dedo y yo le pongo el ojo de mi prieta, ¿Qué le parece? ¿Qué no era su intención? Entonces no ande de hablador y confórmese que no lo mate aquí mismo, pero ya no le va a tocar nada y si lo vuelvo a ver, a lo mejor sí me lo echo. En vez de agradecerme todo lo que se ganó por mis contactos, me quiere llamar ventajoso ¿Qué pasó? No se le olvide que fueron varios años de jalar parejo y las cosas no tenían por qué acabar de esta manera, ingeniero. Yo siempre lo respeté y nunca me pasé de listo. Entonces no entiendo por qué desconfía de mi palabra. Ahora sí que me hizo enojar y discúlpeme si le hablé golpeado y hasta lo persigné con mi pistola, estaba embotado de coraje y la verdad uno no sabe cuándo puede cometer un acto serio.
¿Seguirle igual? Después de esto, quien sabe cómo nos vallamos a entender, ya no va a ser lo mismo. Tan bien que estábamos haciendo nuestro futuro.
¿Una copa para platicar? Hasta dos, ingeniero, sí hace falta, la verdad, brindar con los amigos para que se olviden los agravios. ¿a “La “Pascualita”? ¿Con las “Meches”? Donde guste, ingeniero ¿Qué le parece si nos vamos al “As de copas”? Ahí dan botana de chanfaina.
¡Ah! qué mi estimado ingeniero, tan centavero, ¡salud!
A los del periódico ese que nomás se la pasa tirando chingadazos, también les invité su cena y después se quisieron ir con las chamacas del bule que está ahí junto a la vía. La cuenta subió como a tres mil pesos, pero ya no van a molestarnos, ingeniero.
Ahora que usted ya no asiste a la oficina, por lo del nombramiento nuevo que le acaban de dar, me fui hasta su escritorio y me traje el sello y los oficios. Si quiere desde mi casa podemos seguir con el trámite de los permisos para los fraccionadores. Esos dejan más dinero que ni los dueños de los potreros, que son, ya ve usted, bien ladinos los canijos. Nos quedan como tres meses para seguir repartiéndonos dinero, mientras entregan la administración y toma posesión el nuevo gobierno ¿qué le parece?
¿Qué por qué me escondí unos días? Lo que sucede es que me mandó llamar el presidente, con su compadre Ezequiel.
Me presenté con él, preguntó por usted y por unos papeles que le había encargado. Le contesté que no lo veía desde las fiestas y de los asuntos de ustedes yo no me enteraba. Como que no me creía el viejo porque se quedó callado y luego me despachó diciendo: ya vete pues, no vaya a pensar aquél que te estás dando a la fuga.
Por eso me fui unas semanas a mi rancho, para que se calmara la cosa. Al cabo que si la gente quiere hacer negocio, me busca donde sea. Allá también se realizan buenas movidas, ingeniero, con los avigeos. Si viera usted cuánto ganado se roban y nos lo ofrecen en el potrero. Si uno se arregla con ellos, le llevan los animales en canal hasta donde les ordene. Tienen su rastro escondido en el monte. Trasladan las reses en camiones cerrados y ni quien les diga nada.
Lo mismo sucede con los bosques, ingeniero; ese es negocio como ninguno. Conozco a unos acerradores que le bajan lo que quiera, por mil quinientos pesos el viaje, más lo que cuesta la madera en pie. Ellos mismos le consiguen las guías y las trocas.
Me han ofrecido otra clase de negocios que dejan mucho más, pero yo no le entro a eso. No tengo necesidad de arriesgarme a una metida al bote, o que me den de plomazos. Para qué le buscamos, me gusta más mi trabajo que es hasta cierto punto decente, porque a nadie se le quita nada, ni al pueblo.
Quienes ofrecen dinero, lo hacen para poder trabajar, si no ¿cómo habría tanto progreso? A ver, dígame cómo, ingeniero.
El gobierno pone las reglas difíciles para que la gente se moleste con tanto trámite y batalle más para salir adelante. Hasta un permiso para un puesto de tacos, cuesta varias vueltas y mentadas de madre. ¿Usted cree que eso no le agote la paciencia hasta a los curas? Por eso hemos hecho un buen equipo, porque no somos como esos burócratas que para todo ponen trabas y no dan una. En cambio, nosotros somos prácticos y arreglamos las cosas como debe ser: nos dirigimos con los jefes, untándoles billetes hasta que se les pelen las manos. A ver qué permiso nos niegan, ¡carajos estos!
Qué bueno que lo ascendieron, ingeniero, y me da gusto que ganó otra vez su partido, la gente está conforme con el cambio. Además, si uno la lleva tranquilo, bajita la mano, no hay por qué andar a las escondidas, no le digo.
Si usted hace bien su papel en la secretaría, seguramente le van a caer muy buenos centavos, ya verá, déjeme pensar en algo que se pueda hacer en estos meses que faltan. Tengo un compadre en Hacienda y él está mucho más enterado que yo en estas cuestiones, con decirle que lleva tres sexenios allí y cada año le va mejor.
¿Me dijo usted que su nuevo nombramiento tiene que ver con medio ambiente y ecología? Seguramente muchos andan mal con eso, ya ve usted cuánta fábrica sin permisos. Ahí sí que vamos a ganar muy buenos billetes, pero tenemos que convencer al delegado que eleve las multas para que se acalambren los empresarios, si no cómo van a aflojar. A veces se mochan más arriba y ya no alcanzamos los que estamos comenzando, ni nos reciben los mendigos ricos estos.
Tengo una idea, voy a buscar a un amigo que está muy bien relacionado con un grupo de periodistas que se emborrachan en su casa cada semana. Hay que convencerlos de que hagan ruido diciendo que la nueva administración aplicará mano dura contra toda industria, o taller, que contamine el ambiente ¿qué tal? Dejamos correr la bola y después comenzamos a visitarlos uno por uno. Aquí hay varias empresas que van a ser fáciles de ordeñar, porque ni drenaje tienen, todo lo riegan al campo.
Qué suerte que ganamos las elecciones, si no, quién sabe. Me quiero construir una casa y otra para mi hija, antes de que se vaya con el novio. Además tengo otros compromisos que no he podido resolver, por más que hago enjuagues.
Los ranchos están perdiendo porque nadie compra bien lo que sembramos, así que no me queda más que seguir pegado a las ubres de la presidencia y lo que deja por ahí el Gobierno del Estado y el Federal.
Por eso no me separo de su lado, ingeniero,¿usted cree? me las vería difíciles, si no se hacer otra cosa que manejar trámites y cobrarlos bien.
No me diga que el puesto es en otro estado. No puedo creerlo, ingeniero, ¿cómo que se nos va?
Y quién le arrimará los buenos negocios donde se encuentre, ingeniero, si para eso se necesita gente de confianza. ¿Qué vamos a hacer si se aleja de aquí?
Va a ser muy difícil hallar con quien trabajar, con esa cualidad ¿cómo le diré? es porque usted tiene un aire de gente íntegra, honrada. No se vaya a ofender, pero quien lo ve, piensa que está tratando con un funcionario intachable y no con un empresario que no deja ir una, usted me entiende, ¿verdad?
Es que así debe ser su apariencia, para que le ofrezcan toda la confianza. Los grandes políticos se han distinguido por eso.
Bueno, ingeniero, ¿ya acabó de contar? ¿ que no es suficiente? Le doy mi palabra: dividimos en tres partes iguales, después de darle algo a la gente que nos ayudó. ¿Cómo? ¿No me lo cree? Por favor, ingeniero, pregunte a los muchachos, todos estaban presentes cuando nos entregaron la caja con los sobres.
¿Más cajas? ¿Duda acaso de lo que estoy diciendo? Mire, le voy a decir una cosa; cuando hablo de frente, dejo el dinero a un lado. Si no me cree, entonces para qué seguimos en esto: usted me acusa de algo que no puede probarme, en cambio yo si puedo demostrar que la carretera nueva la hizo la constructora que tiene a nombre de su primo. Además sus cuñados se quedaron con los terrenos que atravesó ese camino, después de expropiarlos a los ejidos. Eso sí es verdad y no lo que me trata usted de insinuar, ingeniero. Eso lo sabe medio mundo aquí en Las Llanuras y se sabe también que su esposa le prestó el nombre al obispo para que hiciera el fraccionamiento para la gente rica de por estos rumbos. Y usted me señala por menos de cien mil pesos que según eso le faltan a la cuenta. Ahora que, si no le parece suficiente lo que le traigo, pues muy fácil, ingeniero, se lo cambio por unos cuantos plomos ¿cómo la ve? ¿verdad que se siente feo que lo apunten a uno? Usted me acusó con el dedo y yo le pongo el ojo de mi prieta, ¿Qué le parece? ¿Qué no era su intención? Entonces no ande de hablador y confórmese que no lo mate aquí mismo, pero ya no le va a tocar nada y si lo vuelvo a ver, a lo mejor sí me lo echo. En vez de agradecerme todo lo que se ganó por mis contactos, me quiere llamar ventajoso ¿Qué pasó? No se le olvide que fueron varios años de jalar parejo y las cosas no tenían por qué acabar de esta manera, ingeniero. Yo siempre lo respeté y nunca me pasé de listo. Entonces no entiendo por qué desconfía de mi palabra. Ahora sí que me hizo enojar y discúlpeme si le hablé golpeado y hasta lo persigné con mi pistola, estaba embotado de coraje y la verdad uno no sabe cuándo puede cometer un acto serio.
¿Seguirle igual? Después de esto, quien sabe cómo nos vallamos a entender, ya no va a ser lo mismo. Tan bien que estábamos haciendo nuestro futuro.
¿Una copa para platicar? Hasta dos, ingeniero, sí hace falta, la verdad, brindar con los amigos para que se olviden los agravios. ¿a “La “Pascualita”? ¿Con las “Meches”? Donde guste, ingeniero ¿Qué le parece si nos vamos al “As de copas”? Ahí dan botana de chanfaina.
¡Ah! qué mi estimado ingeniero, tan centavero, ¡salud!
Cabo corrientes
Cenaron comida fresca y sabrosa. Carne enchilada, frijoles negros, queso, café cultivado en la región, dicen que le revuelven capomo para rebajarle lo hipnótico, leche hervida con pan del horno y calabaza endulzada.
¿Y nos darán crédito, licenciado? Para engordar toretes. Aquí hay buen agostadero.
La noche estrelladísima y muy serena, era como para pensar. Ni quien se hubiera imaginado nunca el destino: ¿Qué hacía en el campo, sin antecedentes y experiencia alguna fuera de los boy scouts? Conjeturaba y al final de las interminables cavilaciones, sentía satisfacción por decidir lo que hizo: Se tomó en serio el papel de enlace del gobierno con las comunidades campesinas en asuntos crediticios de la Banca Oficial: técnico de campo. La primera misión, pese al “fracaso” de cruzar la corriente, resultó estimulante para los meses venideros. En unas cuantas excursiones conoció la zona de servicio: la formaban más de veinte comunidades, ejidos y nuevos centros de población ejidal.
Repartidos en un amplio municipio donde desciende la Sierra Madre Occidental hasta formar colinas espesas de verdura junto al Océano Pacífico, los paisajes acicatean la imaginación. Se forman con la selva, las cañadas y ventanas de follaje donde asoma el mar dorado por soles que se pierden en la curvatura del horizonte, apenas visible entre enormes tules y parotas. Los campesinos; los acreditados, viven al día, de su siembra y animales. Poco a poco los conocía, su apariencia daba cuenta de una vida ardua: rostros cenizos, surcados por enmarañadas arrugas alrededor de los ojos que brillaban bajo sombreros ajados y manchados de lodo y estiércol. Llevaban ropajes descoloridos que apenas les cubrían y las manos de venas recias, inflamadas del esfuerzo sobre las bridas, sobre los yugos, el arado, las reatas y demás aperos del trabajo, lo mismo sabían del áspero terrón, que de las blandas ubres de las vacas. Igual amarraban un cincho, que hurgaban bajo la falda de sus mujeres.
En las asambleas que más tarde presidió Carlos, como funcionario de la banca oficial, observaba el salón saturado de humores y pensaba que aquélla gente estaba condenada en la tierra. Sus genes eran seguramente diferentes a los de la gente que es de ciudad, pues se le figuraban de pobres atormentados por alguna cuestión de índole espiritual, medio karmática. Por alguna razón nacieron aquí, pensaba.
Caras que podían gesticular de manera grotesca. Cuerpos con huellas de enfermedades y accidentes propios de su vida ruda, a menudo mostraban mutilaciones o malformaciones. Las cruzas sanguíneas dejaron en ellos reminiscencias de pasados tormentosos. Muy poco se advertía la sangre indígena pura. Más bien la mezcla era la que seguramente daba a las reuniones el aire surrealista que tanto impactaba; como si cobrara vida una pesadilla colectiva en medio de un paraje remoto y abandonado a su suerte. ¿Qué circunstancia les confinó? ¿La historia? ¿El azar? Eran producto del abuso del poder, o herederos de tierras inhóspitas por las que nadie peleó jamás. O ambas cosas. Lo tosco de sus facciones poco tiene que ver con el trato bondadoso que regalan a quienes creen su deber hacerlo. A su manera muestran siempre modales buenos que en todo buscan complacer y servir. Nobleza y sumisión al destino parecen ser su letra de cambio ante la vida. Ejidatarios, comuneros, peones de campo; qué más da. Son individuos que sobreviven con sus familias trabajando una parcela. Pero eso sí: la comunidad es en realidad algo común; valga la expresión. Nadie enferma sólo, ni se queda sin comer. Comparten siempre. Las puertas de las fincas son humildes adornos que solamente cierran de noche para contener el viento frío. Hasta el perro es solidario, les cuida a todos.
El ingenio curioso que tiene la gente rural permite estar al tanto de casi todo lo que se sabe. Llegan noticias de boca en boca y si son cosas de importancia, se arriman un radio. Así son todos ellos: Benigno, delgado, con aire jarocho. Teodosio, fue aquél que en una reunión se puso de pie para gritar que la plaga de langosta lo dejó sin el sustento familiar…”No estoy llorando, me están sudando los ojos”.
“A Yelapa se llega también por el Tuíto. Se baja a pie o en macho. Hay que pasar Chacala, la Congre y después, meterse en el monte. Es cosa de un día o dos. Allá arriba destilan el raicilla. Las pencas maduras se majan y hierven con panocha. Después el puro alcohol pasa por el alambique y así se da el vino que se toma por acá. Transparente y con burbuja; una perlita que se forma si agitan la botella. Espirituoso. Se comercia hasta muy lejanamente. Antes, en las damajuanas que se ponían en las mulas: Cargas y cargas, por el embarcadero de Tehua, o de Chimo. Ahora en los envases que se consigan; sellados con olotes y plástico. Sin raicilla no hay fiesta y sin fiesta no hay nada aquí.
En Cabo Corrientes no pasa nada desde que los indios se comieron a unos españoles que llegaron hace cuatrocientos años. No pasó nada extraño después. La gente vino y los indios se fueron, se acabaron. Quedan unos cuantos por ahí, separados de los pueblos grandes. Se alcanzaron a salvar de los frailes que los querían convencer para que fueran mansos. Ni huella dejaron aquéllas gentes. Por eso se fueron extinguiendo y porque les quitaron, cada vez más, la tierra. Los carros llegaron hasta hace poco y no a todas partes. La luz tiene un año. Lo único distinto que ocurrió por aquí, lo verdaderamente que sí se vino a sentir, es el gobierno. Ese sí que se ensañó porque le partió la madre a toda la gente del campo. Antes se vivía mejor, no faltaba a nadie una tierrita, un trabajo aunque fuera de peón. Podía uno comer a la hora que sea: un taco, dos, unos frijolitos, chile, usted sabe. Había cantidad de animalitos que se cazaban. Ya no, hoy es pura incertidumbre y miedo a la autoridad. El gobierno nos perjudicó, porque nos trajo dizque unos créditos. Firmamos unos papeles y los que no supieron poner su nombre, pintaron el dedo. Con eso firmado nos trajeron siempre bien agarrados los del banco. No pudimos pagar. ¿Cómo? si los fierros esos que arrimaron nunca supimos para qué servían.
Ahí están. Mire como se trepan los chivos en los tambos de aceite. Es pura grasa para las motobombas que arrimaron los técnicos de la secretaría y las echaron aquí. Pero no entienden que nosotros no podemos pagar esa deuda, si no ha sido bueno para nadie que se queden las cosas a que les de el sol. ¿Entiende licenciado por qué nos oponemos a que vengan los representantes como usted? No es que no nos guste que se acerquen para acá las visitas. De todos modos son pocos quienes se atreven a venir así nomás. Ya probó cómo son los caminos. Apenas en su carrito con doble tracción y a veces ni esos pasan, como cuando están crecidos los arroyos, ya ve, licenciado. Mire allá: tramos y tramos de tuberías desperdiciadas en abandono de años. Equipo agrícola importado. Una bofetada oficial a la gente más pobre de México. Hasta el lubricante, la grasa, fue traída de Inglaterra para descansar junto con los fierros, a la intemperie, bajo el sol de la costa jalisciense. Los bandidos de las secretarías, como un carrusel de animalitos de la burocracia, se quedaron con el capital y los campesinos con la deuda. Esto es real y comprobable aquí, en el Nuevo Centro de Población Morelos, municipio de Cabo Corrientes, Jalisco, licenciado”.
La manada de cabríos retozaba sobre las pilas de tambores de doscientos litros. Las bolitas de sus excrementos cubrían las tapas.
“Mañana es la asamblea, pero no pienso ir, licenciado. Para qué, ya ve usted cuánta mentira nos manejan”.
–Tienes razón, Jesús, pero si no asistes no te anotan para el crédito.
“Que hagan lo que gusten con el maldito crédito. La gente de aquí podemos vivir mejor sin que el gobierno se meta con nosotros”.
–De acuerdo contigo, pero necesito que estés por ahí. Ayúdame a dirigir la junta para destrabar lo de la cartera vencida.
“Así déjelo, no se puede hacer nada. Ya lo han visto varios representantes y hasta un diputado. Estamos jodidos por ignorantes y borregos, es la verdad. Eso de las asambleas son puros discursos bonitos, de ustedes y del comisariado. Mejor váyase, licenciado, aquí la gente ya no quiere muy bien a los del gobierno. Se lo digo porque me lo han venido a pedir: Ya no aceptan que reciba a nadie. Se les figura que los van a hacer que firmen otra vez y que puedan perder las parcelas. Lo han visto en otros lugares: Donde quitaron milpas y cocoteros para hacer jardines de hoteles y campos de golfo, o como se diga; todo eso que ustedes llaman el turismo, licenciado”.
¿Y nos darán crédito, licenciado? Para engordar toretes. Aquí hay buen agostadero.
La noche estrelladísima y muy serena, era como para pensar. Ni quien se hubiera imaginado nunca el destino: ¿Qué hacía en el campo, sin antecedentes y experiencia alguna fuera de los boy scouts? Conjeturaba y al final de las interminables cavilaciones, sentía satisfacción por decidir lo que hizo: Se tomó en serio el papel de enlace del gobierno con las comunidades campesinas en asuntos crediticios de la Banca Oficial: técnico de campo. La primera misión, pese al “fracaso” de cruzar la corriente, resultó estimulante para los meses venideros. En unas cuantas excursiones conoció la zona de servicio: la formaban más de veinte comunidades, ejidos y nuevos centros de población ejidal.
Repartidos en un amplio municipio donde desciende la Sierra Madre Occidental hasta formar colinas espesas de verdura junto al Océano Pacífico, los paisajes acicatean la imaginación. Se forman con la selva, las cañadas y ventanas de follaje donde asoma el mar dorado por soles que se pierden en la curvatura del horizonte, apenas visible entre enormes tules y parotas. Los campesinos; los acreditados, viven al día, de su siembra y animales. Poco a poco los conocía, su apariencia daba cuenta de una vida ardua: rostros cenizos, surcados por enmarañadas arrugas alrededor de los ojos que brillaban bajo sombreros ajados y manchados de lodo y estiércol. Llevaban ropajes descoloridos que apenas les cubrían y las manos de venas recias, inflamadas del esfuerzo sobre las bridas, sobre los yugos, el arado, las reatas y demás aperos del trabajo, lo mismo sabían del áspero terrón, que de las blandas ubres de las vacas. Igual amarraban un cincho, que hurgaban bajo la falda de sus mujeres.
En las asambleas que más tarde presidió Carlos, como funcionario de la banca oficial, observaba el salón saturado de humores y pensaba que aquélla gente estaba condenada en la tierra. Sus genes eran seguramente diferentes a los de la gente que es de ciudad, pues se le figuraban de pobres atormentados por alguna cuestión de índole espiritual, medio karmática. Por alguna razón nacieron aquí, pensaba.
Caras que podían gesticular de manera grotesca. Cuerpos con huellas de enfermedades y accidentes propios de su vida ruda, a menudo mostraban mutilaciones o malformaciones. Las cruzas sanguíneas dejaron en ellos reminiscencias de pasados tormentosos. Muy poco se advertía la sangre indígena pura. Más bien la mezcla era la que seguramente daba a las reuniones el aire surrealista que tanto impactaba; como si cobrara vida una pesadilla colectiva en medio de un paraje remoto y abandonado a su suerte. ¿Qué circunstancia les confinó? ¿La historia? ¿El azar? Eran producto del abuso del poder, o herederos de tierras inhóspitas por las que nadie peleó jamás. O ambas cosas. Lo tosco de sus facciones poco tiene que ver con el trato bondadoso que regalan a quienes creen su deber hacerlo. A su manera muestran siempre modales buenos que en todo buscan complacer y servir. Nobleza y sumisión al destino parecen ser su letra de cambio ante la vida. Ejidatarios, comuneros, peones de campo; qué más da. Son individuos que sobreviven con sus familias trabajando una parcela. Pero eso sí: la comunidad es en realidad algo común; valga la expresión. Nadie enferma sólo, ni se queda sin comer. Comparten siempre. Las puertas de las fincas son humildes adornos que solamente cierran de noche para contener el viento frío. Hasta el perro es solidario, les cuida a todos.
El ingenio curioso que tiene la gente rural permite estar al tanto de casi todo lo que se sabe. Llegan noticias de boca en boca y si son cosas de importancia, se arriman un radio. Así son todos ellos: Benigno, delgado, con aire jarocho. Teodosio, fue aquél que en una reunión se puso de pie para gritar que la plaga de langosta lo dejó sin el sustento familiar…”No estoy llorando, me están sudando los ojos”.
“A Yelapa se llega también por el Tuíto. Se baja a pie o en macho. Hay que pasar Chacala, la Congre y después, meterse en el monte. Es cosa de un día o dos. Allá arriba destilan el raicilla. Las pencas maduras se majan y hierven con panocha. Después el puro alcohol pasa por el alambique y así se da el vino que se toma por acá. Transparente y con burbuja; una perlita que se forma si agitan la botella. Espirituoso. Se comercia hasta muy lejanamente. Antes, en las damajuanas que se ponían en las mulas: Cargas y cargas, por el embarcadero de Tehua, o de Chimo. Ahora en los envases que se consigan; sellados con olotes y plástico. Sin raicilla no hay fiesta y sin fiesta no hay nada aquí.
En Cabo Corrientes no pasa nada desde que los indios se comieron a unos españoles que llegaron hace cuatrocientos años. No pasó nada extraño después. La gente vino y los indios se fueron, se acabaron. Quedan unos cuantos por ahí, separados de los pueblos grandes. Se alcanzaron a salvar de los frailes que los querían convencer para que fueran mansos. Ni huella dejaron aquéllas gentes. Por eso se fueron extinguiendo y porque les quitaron, cada vez más, la tierra. Los carros llegaron hasta hace poco y no a todas partes. La luz tiene un año. Lo único distinto que ocurrió por aquí, lo verdaderamente que sí se vino a sentir, es el gobierno. Ese sí que se ensañó porque le partió la madre a toda la gente del campo. Antes se vivía mejor, no faltaba a nadie una tierrita, un trabajo aunque fuera de peón. Podía uno comer a la hora que sea: un taco, dos, unos frijolitos, chile, usted sabe. Había cantidad de animalitos que se cazaban. Ya no, hoy es pura incertidumbre y miedo a la autoridad. El gobierno nos perjudicó, porque nos trajo dizque unos créditos. Firmamos unos papeles y los que no supieron poner su nombre, pintaron el dedo. Con eso firmado nos trajeron siempre bien agarrados los del banco. No pudimos pagar. ¿Cómo? si los fierros esos que arrimaron nunca supimos para qué servían.
Ahí están. Mire como se trepan los chivos en los tambos de aceite. Es pura grasa para las motobombas que arrimaron los técnicos de la secretaría y las echaron aquí. Pero no entienden que nosotros no podemos pagar esa deuda, si no ha sido bueno para nadie que se queden las cosas a que les de el sol. ¿Entiende licenciado por qué nos oponemos a que vengan los representantes como usted? No es que no nos guste que se acerquen para acá las visitas. De todos modos son pocos quienes se atreven a venir así nomás. Ya probó cómo son los caminos. Apenas en su carrito con doble tracción y a veces ni esos pasan, como cuando están crecidos los arroyos, ya ve, licenciado. Mire allá: tramos y tramos de tuberías desperdiciadas en abandono de años. Equipo agrícola importado. Una bofetada oficial a la gente más pobre de México. Hasta el lubricante, la grasa, fue traída de Inglaterra para descansar junto con los fierros, a la intemperie, bajo el sol de la costa jalisciense. Los bandidos de las secretarías, como un carrusel de animalitos de la burocracia, se quedaron con el capital y los campesinos con la deuda. Esto es real y comprobable aquí, en el Nuevo Centro de Población Morelos, municipio de Cabo Corrientes, Jalisco, licenciado”.
La manada de cabríos retozaba sobre las pilas de tambores de doscientos litros. Las bolitas de sus excrementos cubrían las tapas.
“Mañana es la asamblea, pero no pienso ir, licenciado. Para qué, ya ve usted cuánta mentira nos manejan”.
–Tienes razón, Jesús, pero si no asistes no te anotan para el crédito.
“Que hagan lo que gusten con el maldito crédito. La gente de aquí podemos vivir mejor sin que el gobierno se meta con nosotros”.
–De acuerdo contigo, pero necesito que estés por ahí. Ayúdame a dirigir la junta para destrabar lo de la cartera vencida.
“Así déjelo, no se puede hacer nada. Ya lo han visto varios representantes y hasta un diputado. Estamos jodidos por ignorantes y borregos, es la verdad. Eso de las asambleas son puros discursos bonitos, de ustedes y del comisariado. Mejor váyase, licenciado, aquí la gente ya no quiere muy bien a los del gobierno. Se lo digo porque me lo han venido a pedir: Ya no aceptan que reciba a nadie. Se les figura que los van a hacer que firmen otra vez y que puedan perder las parcelas. Lo han visto en otros lugares: Donde quitaron milpas y cocoteros para hacer jardines de hoteles y campos de golfo, o como se diga; todo eso que ustedes llaman el turismo, licenciado”.
Cualquier evidencia
Más allá de este mundo, pero insospechadamente mucho más lejos de lo que vemos y pensamos, existe otro mundo; uno de entre muchos mundos que viven sus propias vidas tan ajenas al nuestro. Si no fuera por una casualidad, nunca me hubiera enterado de ellos, me refiero a “esas personas” ¿cómo decirlo? de ese “remotísimo lugar”, a quienes conocí recientemente mientras me hallaba haciendo unas reparaciones en la azotea de la casa.
Fue muy curioso encontrarlos de pronto, parloteando totalmente quitados de la pena junto al tinaco. Pude observarlos, sin que me vieran, durante unos quince minutos.
Aquellas graves siluetas que el crepúsculo recortaba encima de mi casa, no parecían gente normal y tampoco había justificación para decir que fueran anormales; simplemente eran diferentes y parecían unos verdaderos extraterrestres, es decir; gente que evidentemente no es de aquí, ni de África, ni de la India. No tenían aspecto de orientales, tampoco de europeos y definitivamente no se parecían a nadie de este mundo.
Teniendo la misma estatura promedio del género humano y las mismas proporciones de extremidades; tamaño de ojos, nariz, algo de pelo, en fin, siendo básicamente lo mismo que nosotros, quiero decir: humanos; tenían todo igual pero al mismo tiempo distinto y bien distinto: El cabello no era exactamente como el nuestro y ni siquiera parecido a todas las cabelleras que se conocen en el mundo. Y así era en todo lo demás: las uñas, los dientes, la voz....
Me parecieron los tipos más extraños que había visto en mi vida. Sin embargo, me inspiraron confianza, llamaron poderosamente mi atención desde el principio. En lugar de alejarme a buscar a la policía, traté de escuchar su conversación. Repito: no dijeron nada importante, o que pudiera darme una idea de su procedencia, hasta que finalmente brilló en uno de ellos, algo como una araña prendida en la especie de chamarra azul marino que llevaba. Esa cosa seguramente les avisó de mi presencia, porque voltearon a verme al mismo tiempo y abrieron más sus respectivos ojos raros que me veían como preguntando: ¿ y este?
Evidentemente les parecí extraño, yo también fui un intruso en su conversación, incluso pude advertir cierto enfado encima de su desconcierto. No podía durar mucho tiempo el silencio y el turno de romperlo fue para ellos que al unísono dijeron “Buenas tardes”, aunque me parece que uno de ellos pronunció “¿noches?”. Después simplemente sonrieron porque yo hice lo mismo al ver su turbación.
Continuamos en silencio, admirándonos mutuamente, sin mucha emoción pero sí algo de confusión. Pensé que casi cada ser humano tendría alguna pregunta que hacerles y buscaba la mía, hasta que se me ocurrió tratar de averiguar en qué forma pensaban bajar de la azotea, ya que no vi nave voladora alguna a la redonda. ¿ Bajar? ¿ Le molestamos aquí ? Preguntaron sorprendidos y me hicieron sentir mal, por lo que traté de comportarme más amable. Si lo desean, puedo traerles algo de comer, les dije con sinceridad.
Tal vez necesiten cobijas, repetí en tono cordial. Sin embargo, cada cosa que les ofrecía, los hacía sorprenderse aun más. Estaban atónitos con mi hospitalidad y yo me encontraba francamente turbado, abochornado y me disculpé.
Después de todo, yo fui quien interrumpió su coloquio, así que bajé enseguida a ver la televisión y como siempre, el sueño me dejó “espaldas planas” en quince minutos.
En cuanto me despertó la voz de mi mujer corrí hacia la azotea. Todo estaba igual: el impermeabilizante. las cubetas, los cepillos... Comenzé a creer que la cena me había afectado y en eso escuché una voz que venía de la parte posterior del tinaco:
” Vecino, ¿qué anda haciendo tan temprano en la azotea; no escuchó los ruidos anoche?”.
Fue muy curioso encontrarlos de pronto, parloteando totalmente quitados de la pena junto al tinaco. Pude observarlos, sin que me vieran, durante unos quince minutos.
Aquellas graves siluetas que el crepúsculo recortaba encima de mi casa, no parecían gente normal y tampoco había justificación para decir que fueran anormales; simplemente eran diferentes y parecían unos verdaderos extraterrestres, es decir; gente que evidentemente no es de aquí, ni de África, ni de la India. No tenían aspecto de orientales, tampoco de europeos y definitivamente no se parecían a nadie de este mundo.
Teniendo la misma estatura promedio del género humano y las mismas proporciones de extremidades; tamaño de ojos, nariz, algo de pelo, en fin, siendo básicamente lo mismo que nosotros, quiero decir: humanos; tenían todo igual pero al mismo tiempo distinto y bien distinto: El cabello no era exactamente como el nuestro y ni siquiera parecido a todas las cabelleras que se conocen en el mundo. Y así era en todo lo demás: las uñas, los dientes, la voz....
Me parecieron los tipos más extraños que había visto en mi vida. Sin embargo, me inspiraron confianza, llamaron poderosamente mi atención desde el principio. En lugar de alejarme a buscar a la policía, traté de escuchar su conversación. Repito: no dijeron nada importante, o que pudiera darme una idea de su procedencia, hasta que finalmente brilló en uno de ellos, algo como una araña prendida en la especie de chamarra azul marino que llevaba. Esa cosa seguramente les avisó de mi presencia, porque voltearon a verme al mismo tiempo y abrieron más sus respectivos ojos raros que me veían como preguntando: ¿ y este?
Evidentemente les parecí extraño, yo también fui un intruso en su conversación, incluso pude advertir cierto enfado encima de su desconcierto. No podía durar mucho tiempo el silencio y el turno de romperlo fue para ellos que al unísono dijeron “Buenas tardes”, aunque me parece que uno de ellos pronunció “¿noches?”. Después simplemente sonrieron porque yo hice lo mismo al ver su turbación.
Continuamos en silencio, admirándonos mutuamente, sin mucha emoción pero sí algo de confusión. Pensé que casi cada ser humano tendría alguna pregunta que hacerles y buscaba la mía, hasta que se me ocurrió tratar de averiguar en qué forma pensaban bajar de la azotea, ya que no vi nave voladora alguna a la redonda. ¿ Bajar? ¿ Le molestamos aquí ? Preguntaron sorprendidos y me hicieron sentir mal, por lo que traté de comportarme más amable. Si lo desean, puedo traerles algo de comer, les dije con sinceridad.
Tal vez necesiten cobijas, repetí en tono cordial. Sin embargo, cada cosa que les ofrecía, los hacía sorprenderse aun más. Estaban atónitos con mi hospitalidad y yo me encontraba francamente turbado, abochornado y me disculpé.
Después de todo, yo fui quien interrumpió su coloquio, así que bajé enseguida a ver la televisión y como siempre, el sueño me dejó “espaldas planas” en quince minutos.
En cuanto me despertó la voz de mi mujer corrí hacia la azotea. Todo estaba igual: el impermeabilizante. las cubetas, los cepillos... Comenzé a creer que la cena me había afectado y en eso escuché una voz que venía de la parte posterior del tinaco:
” Vecino, ¿qué anda haciendo tan temprano en la azotea; no escuchó los ruidos anoche?”.
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